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07 Mar, 2018

Una caminata aventurera desde echmiadzin hasta Gyumri

3 min

Z. T.

Francia,

Me fui el 30 de diciembre de 2017 por una caminata solo de 130 kilómetros entre Etchmiadzin y Gyumri. Quería escapar de mi rutina y el ruido infernal de motores de la ciudad y la promiscuidad humana. Quería ver gente, pueblos y montañas, pero estar solo y darme algo de tiempo. Esa es la razón por la que elegí caminar. Cuando caminamos, los elementos no se desplazan, se perfilan. Estamos moviéndonos despacio más allá de ellos y los tomamos. Quería terminar con esta constante competencia en contra del reloj. Trabajo. No quería venderme más a mí mismo al tiempo, sino que el tiempo me vendiera a mí.

Planeé esta ruta para ver la frontera entre Armenia y Turquía. Iba a cruzar aproximadamente veinte ciudades y pueblos y seguir el camino entre Armavir y Gyumri, que lo iba a ver por primera vez.

El invierno era oportuno para estas motivaciones, porque impone esfuerzo y superación. Tendría que encontrar un techo en cada pueblo y no conocía a nadie en mi camino. Era la semana de Año Nuevo. Confié en la hospitalidad armenia.

Caminé casi 20 kilómetros por 7 días.

Fui invitado a una fiesta de Año Nuevo en el pueblo de Myasnikyan, donde hice algunos amigos que pensaron que estaba loco por no haber tomado un auto o tren.

Muchas conversaciones quedaron en mi mente. Encontré el espíritu armenio en esos pueblos, sonrisas, y juventud que iban al servicio militar. En los tolmas, vodka, cognac, y jugo. En el Ararat que ví al amanecer. En esas montañas nevadas. En este frío. En esos perros que me ladraban y aquellos otros que me perseguían al galope. En estos rebaños. En estos rostros arrugados. En estos hornos. En esta hospitalidad. En esta mezcla del odio, amor y pesar que sentí en las voces de aquellos que me contaban sus historias.

Dormí en cinco pueblos: Myasnikyan, Karakert, Aragatsavan, Aniavan y Aghin. En dos no encontré familias que me hospedaran: en Karakert (donde dormí en la oficina de un control de ferrocarriles) y en Aniavan (donde dormí en un cuarto del “cuarto de fiesta” del pueblo).

Seguí los rieles. Todos los días vi el tren deslizarse y una vez casi chocar, ya que caminaba sobre las vías.

Muchas ruinas estaban en mi camino. Pueblos y casas abandonadas.

En Karakert y otras aldeas por las que pasé, la gente se preocupaba que había lobos en mi camino. Otros me decían que no había. Esto me hacía dudar pero continuaba de todas formas. Afortunadamente, o desafortunadamente, no encontré ninguno.

En el último día de caminata, la niebla lo enmascaraba todo. Ella lo asociaba con la niebla y el cielo blanco para que solo el camino de alquitrán fuera visible. Luego, escuché cantar al muecín. Escuché Turquía cuando todavía estaba en Armenia. Las fronteras no significaban nada, y es hermoso.

Fui parado por soldados: un ruso y un armenio. Me preguntaron por una hora y examinaron mi pasaporte. No me dejaron finalizar mi caminata, sino que me llevaron a la entrada de Gyumri en auto. Eso fue el 5 de enero. Al otro día era Navidad Armenia. Empecé a escribir mi historia de viaje, el cual completé hace poco tiempo atrás. Luego, al otro día, saqué ventaja de la emoción de Navidad en las calles soleadas de esta gran y hermosa ciudad. Fue una experiencia increíble. Esta semana fue tan intensa como un mes de vida.

Esta gente que conocí estaba lejos de las preocupaciones de la gente de la capital. Ellos se contentaban a ellos mismos compartiendo, comiendo, tomando y asegurándose de que ellos continuaran haciendo ello. Sin embargo, no hay necesidad de idealizarlos. Se niegan a sufrir la patética compasión del habitante de la ciudad y están humildemente satisfechos por respirar.

Y estos alambres de púas y torres de vigilancia por los que cabalgué eran ridículos comparados con lo que creían haberse apropiado: todos estos paisajes que vieron, estos inmaculados picos, estas extensiones multicolores, esos bosques. Ellos no tienen nombres armenios o turcos, sino nombres de su magia. Y esa magia supera las naciones.

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